Espionaje e inteligencia: un imperativo en diferentes contextos históricos
Espionage and intelligence: an imperative in different historical contexts
Revista PERSPECTIVAS
EN INTELIGENCIA
Luis Gabriel Moya Sáenz1
(1) Universidad Pablo de Olavide, Sevilla, España, luisgabrielmoyasaenz@gmail.com
Volumen 16, Número 25, enero - diciembre de 2024, pp. 15.25
ISSN 2145-194X (impreso), 2745-1690 (en línea)
Bogotá, D. C., Colombia
http://doi.org/10.47961/2145194X.768
Fecha de recepción: 03/07/2024 | Fecha de aprobación: 07/10/2024
Resumen
En el presente editorial se realiza una revisión histórica sobre los hechos que han marcado la inteligencia desde su surgimiento hasta la actualidad. En principio, se efectúa una contextualización sobre su origen y la justificación frente a la necesidad humana. De igual manera, se establecen los factores que han influido en sus avances, la marcada relación con el poder y algunas problemáticas asociadas a la tecnología y el desarrollo en la recopilación de datos. Posterior a ello, se realiza un recorrido de carácter historiográfico sobre los acontecimientos más influyentes en el desarrollo del espionaje, que han contribuido a los cambios disruptivos en la humanidad. Finalmente, se realiza un acercamiento a los eventos que originaron la necesidad de estructurar sistemas de inteligencia de carácter civil y militar en el país, y los roles que empezaron a desempeñar frente a los grupos insurgentes que decidieron disputarle el poder al Estado colombiano.
Palabras clave: Inteligencia; espionaje; historia; poder.
Abstract
In this editorial, a historical review is carried out on the events that have marked intelligence from its emergence to the present. In principle, a contextualization is carried out about its origin and the justification against human need. Likewise, the factors that have influenced its advances, the marked relationship with power and some problems associated with technology and development in data collection are established. After that, a historiographical tour is carried out on the most influential events in the development of espionage that have contributed to the disruptive changes in humanity. Finally, an approach is made to the events that gave rise to the need to structure civil and military intelligence systems in the country, and the roles that they began to play against the insurgent groups that decided to challenge the Colombian State for power.
Keywords: Intelligence; espionaje; history; power.
Origen, justificación y necesidad
Escribir sobre inteligencia nunca ha sido una tarea fácil, ya que implica hacer un recorrido por la historia, adentrándose en una actividad que por su naturaleza y carácter secreto ha sido el centro de amplios debates éticos y morales. De hecho, su origen se encuentra en el espionaje, siendo esta labor tan antigua como la humanidad y constituyéndose al menos la segunda actividad en aparecer en el mundo. Desde tiempos primitivos su aparición converge con el secreto y se remonta a la misma guerra, de donde erige como la más apremiante necesidad de los estrategas en la búsqueda por obtener información sobre sus enemigos reales o potenciales. Keegan (2012) argumenta que para ganar la guerra es necesario tener información fiable y oportuna; ese era el planteamiento de John Churchill, duque de Marlborough, comandante en jefe de las tropas de coalición durante la Guerra de Sucesión española, al describir el espionaje como el instrumento que silenciosamente ha marcado el curso de la historia, definiendo batallas, facilitando conquistas, creando bastos imperios, pero sobre todo, configurando el mundo que se conoce en la actualidad.
Cada periodo histórico ha contado con los métodos específicos de espionaje que demandaban sus circunstancias, basados en prácticas exitosas desarrolladas a partir del ingenio humano. No obstante, sus avances también han estado asociados a otros factores no menos importantes. El primero se halla inmerso en la selección idónea de los hombres y mujeres con los rasgos y características necesarias para su ejercicio. No en vano, Tzu (2013) escribía en su tratado que “solo un gobernante brillante o un general sabio, que pueda utilizar a los más inteligentes para el espionaje, puede estar seguro de la victoria” (p.100).
El segundo factor se ha centrado en el desarrollo científico-tecnológico a gran escala, resultado de la Revolución Industrial, que marcaría un punto de inflexión al darle paso a un nuevo sistema económico mundial. El tercer factor se ha fundamentado en los cambios sociopolíticos que han transformado de forma pacífica o violenta a las naciones, convirtiendo a los servicios de inteligencia en organismos especializados y permanentes, ubicados en posiciones privilegiadas dentro de los aparatos gubernamentales. En la actualidad, los decisores políticos han entendido que de la existencia de sus aparatos de inteligencia depende la seguridad del Estado, en la medida en que produzcan la información anticipada de los planes del adversario antes de su accionar.
En el campo etimológico, la distinción entre espionaje e inteligencia está inmersa en su propio desarrollo; si bien el primero es el origen del segundo, con el paso del tiempo el espionaje se fue convirtiendo en uno más de los medios por los cuales se obtiene la información para la producción de inteligencia, aun cuando en esencia el espía constituya el elemento clave de cualquier tipo de servicio secreto. Por otro lado, la necesidad de obtener la mayor cantidad de información posible ha venido ampliando los procesos de diversificación y sofisticación de los mecanismos de adquisición de datos, que en la actualidad se componen en su mayoría por elementos de recolección masiva de alta tecnología. No obstante, esta facilidad en la recopilación de datos ha hecho más complejo el proceso de producción de inteligencia, en vista de que la problemática ya no radica en la falta de información sino en el exceso de la misma.
Sin embargo, no se puede desconocer que el desarrollo de tecnologías ha refinado los métodos para obtener y procesar la información que debe conducir al conocimiento previo o anticipado sobre actores y escenarios en un ambiente competitivo de poder. De este modo, “es importante identificar la dicotomía entre jerarquía y red; en la primera, el poder depende del peldaño que se ocupa en un escalafón verticalmente organizado; en la segunda, el poder deriva de la posición que se ostenta (…)” (Ferguson, 2018, p. 14).
En consecuencia, hablar de inteligencia implica abordar el concepto de poder en la medida en que se convierte en el principal medio para obtenerlo. De tal manera, si el poder es definido por Mann (1991) como “la capacidad para perseguir y alcanzar objetivos mediante el dominio del medio” (p.21), se puede inferir que el conocimiento precede al poder y su posesión clandestina lo potencia al permitir adelantarse a los movimientos de un adversario sin que este lo note, lo que significa para quien lo posee una ventaja estratégica en la toma de decisiones. No obstante, su éxito no solo depende de conocer y anticipar la acción del adversario, sino también de anular las intenciones que obedecen a los mismos intereses. Esta necesidad de proteger lo propio, dio origen a las medidas que se deben adoptar para negarle éxitos al adversario. Así, no solo se trata de anticiparse al enemigo sino también de ocultar la información propia y prevenir que sea de su conocimiento.
Formación, prácticas y desarrollo
Algunos acontecimientos históricos tienen un grado de influencia tal, que generan prácticas que al generalizarse producen cambios disruptivos en la humanidad. En tal medida, comprender el espionaje es discernir sobre su punto de partida, el empleo inicial y su paso a otras ramas; su asocio con herramientas políticas, la motivación en su ejercicio, su transformación cuantitativa en redes, la incorporación a organizaciones estatales, su empleo ilimitado como bien superior; el perfeccionamiento desde otros campos del saber, su despliegue global y, por último, su llegada al país.
Fundamentalmente, las evidencias más antiguas del uso de una información previa data de los enfrentamientos entre pueblos del Periodo Neolítico, entre los años 5500 y 5000 a.C., ya que por el tipo, selección y características de las víctimas halladas en los asentamientos de Talheim y Asparn-Scheltz (Herrera-Hermosilla, 2012), se puede inferir que existió un reconocimiento del lugar y de la población antes de cada incursión, lo que permitió un eficaz ataque sorpresa. Sin embargo, el primer vestigio del uso de espías propiamente data del año 2210 a.C., durante el reinado de Sargón I, rey Acadio, en la Mesopotamia, quien consciente de la necesidad de conocer las características de las tierras que iba a conquistar, se valió de exploradores que le suministraban la información necesaria para planificar la marcha de sus ejércitos.
Más adelante, sumerios, egipcios, chinos y griegos utilizaron el espionaje como una tarea netamente bélica. No obstante, ante la supremacía de algunas civilizaciones sobre otras a las que lograban esclavizar, se generaban en estas últimas descontentos naturales que se materializaban en rebeliones. Tales sublevaciones se empezaron a sofocar con agentes secretos que, confundidos entre los oprimidos, se encargaban de obtener la información necesaria para develar los planes y ubicar a los cabecillas auspiciadores con suficiente antelación (Pastor-Petit, 1970), lo que a la postre daría origen a la policía secreta. En India y Roma se amplió el uso del espionaje a otras ramas relacionadas con el poder. De tal forma, los indios emplearon la diplomacia como un elemento para espiar; mientras que los romanos, a pesar de enorgullecerse de sus triunfos bélicos, basados aparentemente en la fuerza de sus legiones, sin el aparente uso de la astucia y el engaño, no solo las utilizaron en la guerra, sino que las llevaron al interior de su imperio con fines políticos (Manzanera, 2007). En realidad, ningún imperio en la antigüedad se hubiera podido forjar sin el uso de espías, y el de Roma no fue la excepción, prueba de ello son los textos conocidos de Tito Livio y Sexto Julio Frontino.
Con la llegada del Medievo, al organizarse la sociedad feudal originaria del mundo bárbaro germánico, se generalizó en la Europa carolingia la obligación de que los vasallos informaran a su señor todo cuanto conocieran, informaciones sobre sórdidas habladurías de otros señores rivales, confabulaciones e intrigas, proyectos amenazantes y hasta pretensiones dinásticas ocultas. Lo que significaba que el soberano medieval estaba ligado de diversas formas a sus vasallos, y estos habían de guardar absoluta fidelidad por su señor, creando un vínculo indisoluble que, como lo afirma López-Forero (2013), estaba compuesto por “el elemento personal, o sea el vasallaje -acto por medio del cual un vasallo juraba fidelidad a un señor- con el elemento real o feudo” (p.197).
Esta relación logró establecer las primeras redes limitadas de información en espacios geográficos determinados. Más adelante, con la expansión y el posterior fraccionamiento del cristianismo, la Iglesia instauró una institución encargada de perseguir y reprimir de cualquier forma las desviaciones de la ortodoxia romana del pensamiento herético: la famosa Inquisición (De la Torre-Rodríguez, 2014). Tal aparato represivo tuvo por encargo la recopilación de información, la aplicación de interrogatorios y, con frecuencia, métodos de tortura para obtener confesiones, constituyendo una red de información mucho más robusta que iba más allá del simple vasallaje.
La conformación de los grandes imperios contemporáneos demandó la instauración de redes de espías al servicio de la monarquía dentro de las estructuras de gobierno. De esta forma, entre los ingleses, españoles y más adelante los franceses, surgen rivalidades en torno a sus pretensiones expansionistas, por lo que fueron emitiendo instrucciones a sus embajadores en el exterior con el propósito de que recibieran toda la información que fuese de interés; no obstante, en el siglo XVI, a pesar de contar con una robusta red de espionaje, las intenciones de dominio español sobre las islas británicas de Felipe II, quien, de acuerdo con Rady (2020), “tenía la absoluta convicción de que estaba llevando a cabo un plan divino, por lo que sus decisiones eran poco realistas” (p.121), se vieron frustradas por la develación de sus acciones por parte de los ingleses que conocieron sus planes y los anularon. Tal acontecimiento generó la necesidad no solo de anticiparse a un adversario, sino también de neutralizar sus intenciones mediante la salvaguarda de la información. Esto dará origen al contraespionaje como una medida necesaria para frustrar el éxito de sus contendientes, por medio del ocultamiento de la información, la desinformación y el engaño.
Estados, revoluciones y guerras a gran escala
Con la aparición del concepto razón de Estado, que concibe la supervivencia del Estado como fin último y fundamental de su actuación, el empleo del espionaje se legitima como instrumento para la consecución de los objetivos, al margen de cualquier límite moral y jurídico establecido. La obtención de información de forma inescrupulosa, el soborno y el crimen político se consideraron validos e imprescindibles a partir de la época para el mantenimiento de las monarquías (Carnicer-García y Marcos-Rivas, 2005). Posteriormente, con la configuración del Estado moderno en el siglo XVI, que impuso un orden interno coherente y una proyección exterior consecuente, aparecen organismos diplomáticos permanentes con redes de espionaje completamente ligadas; no obstante, es hasta 1573 en Inglaterra cuando la reina Isabel I le concedió a su secretario de Estado, Francis Walsingham, la función de controlar lo que en adelante se llamaría inteligencia, implicando el suministro de información extraordinaria sobre un enemigo. La decisión de esta nueva organización no solo le valió éxitos a la monarca frente a sus adversarios, sino también la posibilidad de conservar la corona y su propia vida (Alem, 1980).
De igual forma, en la misma Inglaterra surge un nuevo paradigma relacionado con el espionaje moderno, gracias al Departamento de información creado por Oliver Cromwell, en cabeza de John Thurloe, que incorporó, aparte de mecanismos para la recolección de información y para la protección de asuntos internos ingleses, la vigilancia detallada de sus conciudadanos. Aunque tras bambalinas también se dedicó a trasgredir la intimidad de algunos príncipes de Europa, obteniendo secretos que serían utilizados como medios de presión. No muy lejos de esas prácticas, estuvo el rey francés Luis XIV, quien penetró a través de las mujeres en el secreto más íntimo de las alcobas, tanto de sus cortesanos como de sus adversarios; la más eficaz de sus agentes fue Louise de Kéroual, al convertirse en la favorita del rey Carlos II[1] de Inglaterra, y quien influyera en su posterior conversión al catolicismo (Manzanera, 2007).
Ya, en el ocaso del siglo XVIII, las conquistas de Napoleón Bonaparte debieron la mayoría de sus logros a las hazañas excepcionales de espías como Charles Schulmeister, que por sí solo tuvo una parte decisiva en la victoria de Ulm, abriendo a los franceses la ruta de Viena. Paradójico fue el mismo espionaje, el que se convirtiera en artífice de su derrota definitiva en Waterloo, debido al conocimiento previo que de sus planes tuvo el Duque de Wellington, gracias a la red del coronel británico Henry Hardinge. El movimiento de la ilustración propio de este siglo inspiró profundos cambios sociales que condujeron a la caída del antiguo régimen. Hampsher-Monk (1996), lo define como:
(…) un sistema político y social por el cual una minoría privilegiada, encabezada por la nobleza y el clero, detentaba el poder político por encima de una clase burguesa que tenía el poder económico y soportaba las cargas fiscales. En tanto, esta última, con el auge del capitalismo, reclamara una participación en el poder acabando con el poder absolutista del rey, que creía que gobernaba por derecho divino y que, en tal virtud, no tenía la obligación de rendir cuentas a nadie (p.329).
Tales transformaciones desempeñaron un papel importante en la configuración de los Estados nacionales, que no fueron ajenas a los servicios de inteligencia. La llegada de Daniel Defoe al espionaje inglés inició una tradicional vinculación de hombres de letras a los servicios secretos, que verían con los enfrentamientos coloniales una primera distinción entre inteligencia estratégica e inteligencia táctica, que estuvo asociada al nivel de importancia y sus receptores (Navarro-Bonilla, 2009).
Para el siguiente siglo, durante la Guerra franco-prusiana (1870-1871), aparece en Berlín una organización que aplicó el principio de la masa en las actividades de espionaje: la Geheimfeldpolizei. Fundada por Wilhem Stieber, siguiendo la frase del padre del servicio secreto moderno alemán, Federico II el Grande, “El Mariscal de Soubisse siempre iba seguido por cien cocineros (…), mientras que él siempre iba precedido por cien espías (…); la proporción de espías y cocineros en su ejército era de veinte a uno” (Allison, 1966, p.51). En efecto, seria gracias a la cantidad y ubicación de los miembros de este servicio sobre la Francia civil y militar antes de 1870, que el Mariscal Helmuth Karl von Moltke y el canciller Otto von Bismarck pudieron conocer todo lo que requería de su adversario y obtener la victoria sellada en Versalles.
En el siglo XX, los conflictos escalan en el marco de lo que Nolte (2017) denominó “La guerra civil europea” (p.35), llegando a avances en la tecnificación de los servicios de inteligencia como resultado de las exigencias planteadas por las partes en disputa que demandaban un mayor conocimiento de su adversario. De tal modo, aparecen técnicas de utilización de códigos y cifrados para proteger la información, que fueron determinantes en los desenlaces bélicos, penalizando a los bandos superados y a aquellos invadidos por la confianza.
Después de la Gran Guerra, la desmedida confianza en sí mismos de los británicos los llevó a creer en la inviolabilidad de sus propios libros de código, que eran un medio de cifrado intrínsecamente inseguro, y de hecho acabaron siendo descifrados durante la década de 1930 por los alemanes, quienes a partir de entonces adoptaron las máquinas de encriptación rotatoria Enigma, que resistirían el embate de los criptoanalistas enemigos hasta bien entrada la Segunda Guerra Mundial (Keegan, 2012). Durante esta guerra (1914-1918) denominada así por la escala de sus batallas y sus aterradoras consecuencias, se produjo la internacionalización de los espías, ya que su uso se extendió de forma global (Hastings, 2013).
No obstante, como lo explica Caballero (2014), es durante la Segunda Guerra Mundial “donde tuvo lugar el oficio del agente secreto en su sentido más amplio, el cual se desplegó en toda su violencia y magnitud” (p.11), con la ejecución de misiones, acciones encubiertas y trabajos secretos que favorecieron al desarrollo de operaciones importantes, como Mincemeat y Fortitude, la primera el punto de quiebre de la guerra y la segunda probablemente el mayor engaño (Macintyre, 2014; Arasa, 2013); esta última logró que solo hasta después de seis semanas el alto mando alemán comprendiera que había sido víctima de una audaz maniobra diversiva (Piekalkiewicz, 1972).
Guerra fría, tercer mundo y contexto nacional
Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, surge un nuevo orden europeo, caracterizado por la reformulación, después de trescientos años de conflicto y la devastación dejada con el conflicto (Kissinger, 2016), caracterizado por un aparente equilibrio de poderes durante el periodo conocido como Guerra Fría. En este contexto, la labor de contrarrestar la acción de inteligencia adversaria y de actores hostiles empezó a constituirse como una actividad propia de las agencias estatales en la búsqueda por desarrollar capacidades efectivas ante un posible enfrentamiento bélico a gran escala.
Sin embargo, durante este periodo se presentaron solo conflictos subsidiarios de escala limitada, como la Guerra de Corea (1950-1953), que contó con la participación de un contingente de dieciocho países que incluyó a Colombia en virtud de los compromisos adquiridos por el Gobierno nacional ante las Naciones Unidas y derivados del ofrecimiento del apoyo con tropas. Así, con el Decreto N. 3927 del 26 de diciembre de 1950, se crea el Batallón de Infantería Colombia, del cual hicieron parte un total de 4.314 miembros activos, durante la campaña que se extendió por dos años, un mes y doce días, contados desde que el primer contingente colombiano desembarcará en Pusan el 16 de junio de 1951, hasta la firma del armisticio. Así mismo, correspondió a la fragata Almirante Padilla su permanencia en el teatro de operaciones de Corea en forma permanente hasta el 11 de octubre de 1955 (Puyana, 1993).
Durante el periodo de la guerra, el país no fue ajeno a convulsiones políticas que finalmente llevaron a la Presidencia al general Gustavo Rojas Pinilla, quien apenas cuatro meses después de ocupar su cargo, y luego de 123 años de era republicana, crea por primera vez, de manera tardía, un organismo encargado de la inteligencia estatal. Así, el Decreto 2872 del 31 de octubre de 1953 da vida al Servicio de Inteligencia Colombiano (SIC) como organismo autónomo, independiente y del más alto nivel. Su primer director fue el general Luis Ordóñez, quien contó con una organización inicial de siete (7) dependencias generales, una de ellas llamada Sección de Inteligencia Interior y Exterior.
Para el año siguiente, su planta se componía de 282 agentes secretos, clasificados en tres categorías: 9 agentes secretos de primera categoría que, dada su experiencia, y en la resolución de casos, tenían la facultad para coordinar procesos de investigación en diferentes áreas; 39 agentes secretos de primera categoría; 55 agentes secretos de segunda categoría, y 179 agentes secretos de tercera categoría. La jurisdicción del organismo era nacional, teniendo en principio 16 seccionales ubicadas en los departamentos de Atlántico, Antioquia, Valle del cauca, Norte de Santander, Caldas, Magdalena, Bolívar, Tolima, Santander, Nariño, Meta, Cauca Huila, Córdoba y Chocó.
Por otro lado, el regreso al país de las unidades militares colombianas participantes en Corea fortaleció con sus experiencias el proceso de modernización de las Fuerzas Militares, iniciado en la Presidencia del general Gustavo Rojas Pinilla, que tenía como objetivo ponerlas al nivel de otras fuerzas militares, concretamente con las de Estados Unidos y Europa (Serpa-Erazo, 1999). De esta forma, la inteligencia militar se torna necesaria para las operaciones militares “en la medida en que constituye el proceso de conocer al adversario profundamente y en todas las manifestaciones” (Valencia-Tovar, 1993, p.119). Como consecuencia, el Comando del Ejército en 1962 seleccionó y envío a un grupo de oficiales que adelantó el curso básico de inteligencia en Fort Halabird (Estados Unidos), y con quienes a su regreso conformó una unidad especializada en la instrucción de inteligencia de los integrantes de los nacientes Grupos de Inteligencia y Localización (GIL) (Escuela de Inteligencia y Contrainteligencia del Ejercito Nacional de Colombia, 2014).
Con el auge y crecimiento de los grupos insurgentes, el orden interno empieza a jugar un papel primordial en relación a la protección de la Fuerza y las instituciones, de cara al crecimiento de las acciones de estos movimientos insurreccionales que no fueron sofocados cuando aún eran embrionarios y nacientes, siendo el resultado de la falta de una acertada conjunción de todos los esfuerzos estatales. Mientras tanto, el Servicio de Inteligencia Colombiano (SIC) fue asumiendo diferentes roles que lo alejaron de las amenazas internas y externas que se cernían sobre el país, para luego convertirse, mediante el Decreto 1717 del 18 de julio de 1960, en el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) durante la presidencia de Alberto Lleras Camargo. Dejaba entonces la mayor parte de la responsabilidad de enfrentar las amenazas sobre una inteligencia militar que no tuvo otra opción diferente a la de asumir complejos roles que en ocasiones han desbordado su capacidad y la han dejado a la merced de cuestionamientos, auspiciados incluso desde la misma estatalidad.
Sin embargo, durante sesenta años de existencia, la inteligencia militar ha evolucionado, se ha adaptado y transformado, pero sobre todo se ha convertido en digna heredera de tantos siglos de historia, enfrentando una guerra insurgente, convertida en la amenaza fundamental para el Estado, en consideración al proceso de expansión de los grupos armados ilegales que alcanzaron a marcar hitos, como el de crecer a un ritmo que les permitiera equilibrar las fuerzas regulares y que se han dedicado a la captación de territorios en donde obtiene grandes capitales de rentas ilícitas (Leal-Buitrago, 2006). Sea esta una oportunidad más para honrar la memoria de todos aquellos que ofrendaron su vida en cumplimiento del deber y de destacar la labor de quienes durante décadas han llevado sobre sus hombros la inconmesurable responsabilidad de mantener los principios constitucionales ante las diferentes y cada vez mayores amenazas. Gracias siempre ¡En Guardia por la Patria!.
Declaración de divulgación
Los autores declaran que no existe ningún potencial conflicto de interés relacionado con el artículo.
Financiamiento
Los autores no declaran fuente de financiamiento para la realización de este artículo.
Sobre el/los autor(es)
Luis Gabriel Moya Sáenz es Candidato a Doctor en Historia y Estudios Humanísticos: Europa, América, Arte y Lenguas en la Universidad Pablo de Olavide (España), Magister en Historia de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia), Magister en Estrategia y Geopolítica de la Escuela Superior de Guerra “General Rafel Reyes Prieto” (Colombia), Magister en Inteligencia Estratégica de la Institución Universitaria Escuela de Inteligencia y Contrainteligencia “BG. Ricardo Charry Solano” (Colombia), Gerente de la Seguridad y Análisis Sociopolítico de la Institución Universitaria Escuela de Inteligencia y Contrainteligencia “BG. Ricardo Charry Solano” (Colombia), Profesional en Ciencias Militares de la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova (Colombia).
https://orcid.org/0009-0000-3225-9576 - Contacto: luisgabrielmoyasaenz@gmail.com
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[1] Carlos II de Inglaterra (1649-1685) fue rey de Escocia de 1660 a 1685 antes de que la Restauración de 1660 lo convirtiera también en rey de Inglaterra e Irlanda. Es conocido como el “alegre monarca” por su vida de lujos, la práctica de deportes y la cantidad de hijos ilegítimos que tuvo. Restableció la monarquía y la dinastía de los Estuardo siendo su reinado testigo de la expansión colonial en América del Norte. En el ocaso de su vida abrazo el catolicismo convirtiéndose en el primer católico que reinaba en Inglaterra desde la muerte de María I en 1558.